La semana pasada se armaron lindos debates por acá alrededor del tema del celibato voluntario que Rosalía dijo estar practicando.
Hoy me entero de un nuevo giro en los “matrimonios lavanda” (que resurgen de una forma totalmente diferente a como era a principios del siglo XX, cuando tenían que ver con ocultar una identidad queer en un matrimonio heterosexual, por los abusos que se sufría en aquel entonces).

Los lavender marriage se dan hoy en día como un pacto económico y afectivo entre las partes: aprovechemos del matrimonio como tecnología de soporte afectivo y material. De cierta manera, sirve como una forma de institucionalizar la amistad o el compañerismo, porque las instituciones sociales (seguros, alquileres, migración, crédito) todavía giran en torno a la pareja legal.

Pero esto me trae múltiples lecturas.

Por un lado, pienso que puede ser una respuesta creativa en la crisis socioeconómica en curso, donde cada vez cuesta más tener los recursos suficientes para independizarse en soledad. Es tal vez una forma de institucionalizar el compañerismo o la amistad (un pasito más del convivir con un amigx, ponele).

El tema es que, si repasamos la historia humana, el tema del romanticismo en el matrimonio tiene apenas 200 años, frente a 4.000 años donde efectivamente tuvo que ver únicamente con temas económicos. ¿Qué lo diferencia, entonces?
Lo que vemos hoy, con fenómenos como el lavender marriage, el situationship, la no-monogamia ética, el vínculo platónico-afectivo, es una especie de vuelta a los acuerdos explícitos —pero sin el mandato heteropatriarcal ni la represión sexual de antes.
Una suerte de “posromanticismo pragmático”, donde el vínculo vuelve a ser acuerdo, pero desde la libertad individual.
O sea: nadie te impone el casamiento. Lo elegís, solo que desde otro lugar. Ya no desde un amémonos para siempre, sino “aprovechemos nuestro afecto actual para tener algún que otro beneficio extra”.
Hasta acá hay algo que me gusta, debo confesar.
Pero hay algo que no deja de hacerme ruidito, y es cómo convive esto con la crisis del deseo sexual que hoy existe, con el poco resto emocional que tenemos, con la atención cada vez más alineada.
Creo que están convergiendo hoy en el tejido relacional ciertos factores que, no digo que estén bien ni mal a decir verdad, pero sí que necesitamos atender:
-La poca capacidad de escucha que tenemos de las necesidades del otrx, que rápidamente se transforman en demandas; y, del otro lado, lo que cuesta recibir un no ante una necesidad, como si en esa diferencia ya no hubiera vínculo posible
-La atención dispersa entre pantallas, ansiedad y frustraciones, que deja sin resto la posibilidad de estar presente junto a otrxs
-La desritualización de la sexualidad, que va entre el cuerpo como objeto de consumo, y su inevitable desalojo, y el espíritu desvinculándose de ese cuerpo-objeto, sin reparar en la posibilidad de una sexualidad basada en el sagrado misterio
-Y la desconfianza en la promesa del amor romántico (la cual celebro, a la vez que me interesa reparar en sus riesgos). Tras décadas de rupturas, divorcios y soledad post-moderna, el amor romántico se hizo trizas. Esto realmente me parece buenísimo, la pregunta es: ¿qué motoriza el encuentro cuando ya sabemos que ese “final feliz” de los cuentos de hadas no existe?
Los lavender marriages emergen también como una forma de renuncia al eros como motor central del vínculo.
Un modo de decir: “dejemos el deseo afuera, y construyamos desde lo que sí podemos sostener: la amistad, el afecto, el apoyo material”.
Repito, no veo algo malo en sí en esto, pero sí un tema a atender, a seguir explorando estos 4 puntos que nombro más arriba (de hecho me tienta escribir sobre cada uno de ellos en concreto… ¿les coparía? ¡Déjenmelo en comentarios!)