El viernes estaba terminando ya de laburar y me acuesto en la cama a mandar unos últimos mensajes. Se acuesta conmigo Clarucha, mi hija de 5 años. Me ve mandar un vídeo.
-¿Que es ese vídeo pa?
-Son personas hablando sobre Casa Volcán.
-Lo puedo ver?
-Sí, claro.
Al terminarlo me nace preguntarle:
-¿Vos sabes de que trabaja papá?
-Si… De Tantra.
-Claro. ¿Y sabés que es el Tantra?
-Emmm… Nop.
-A ver a ver, como te cuento… Es básicamente un modo de estar en el mundo, dónde nada está bien y nada está mal… Dónde todo es sagrado.
-Ah…
Nos ponemos a jugar a dar vueltas carnero y hacer acroyoga en la cama. Pasan varios minutos. Retomo la charla:
-Bueno, entonces qué entendiste que es el Tantra amor?
-Una forma de estar en el mundo, me dice. Donde todo está bien y mal al mismo tiempo. Todo lo malo es al mismo tiempo bueno y todo lo bueno es también malo.
-Exaaaacto, le digo.
-Yo hago Tantra todo el tiempo, me dice.
-Ohh sí.
-Todes hacen Tantra todo el tiempo?
-No… La mayoría de la gente en general está juzgando lo que pasa, juzgandose… Creyendo que algo está mal.
-Aaaaah…
—-
Esto es el Tantra. Nunca mejor descrito que por Clarucha. No es que nada esté mal ni bien, como traté de decir yo. Sino que todo está mal y bien al mismo tiempo. O que lo excede.
Y no, no todo es Tantra, y eso es importante también.
El Tantra no es no-dualidad, sino la continua práctica de revisar nuestras dualidades -eso que todo el tiempo dividimos, llenando de preferencias y exigencias- para sembrar a cada momento semillas de no-dualidad.
Este es el primer horizonte de nuestra formación en alquimia tántrica, y primero que todo implica ir sembrando una mirada amable y curiosa hacia nuestra propia existencia, revisando y corriendo suavemente ciertos juicios, para que emerja la increíble magia que somos.
Si este camino de no-dualidad te resuena, te invito a descubrir nuestra formación en alquimia tántrica!