En medio del huracán que contrae la existencia humana, ante un horizonte palpable de extinción; ante los ojos de un poder impune y un miedo al cambio que se convierte en venganzas…
detenernos
con los pies en la tierra
a recordar el espíritu que mora en los recovecos de la carne,
la sagrada danza que descansa en el Recuerdo.
La vida actual la diseñamos para entorpecernos. No estoy muy seguro de que sea intencional. No me interesa tanto. Aunque lo fuera, somos humanos quienes la creamos y la vivimos. Entorpecernos de ese misterio que va narrándonos en las entrañas, de ese silencio que nos canta.
¿Y qué ganamos con entorpecernos?
El control siempre, esa fantasía de mamífero asustado ante la inmensidad.
Suponer que controlamos algo, que podemos decidir hacia dónde vamos, cómo, con quién… y una y otra vez la frustración que nos ubica en lo real, y una y otra vez redoblar la apuesta a ver si nos podemos imponer por sobre los caminos que traza lo sin-camino.
Pero no.
No podemos. Ni podremos.
El tejido de lo vivo va marcando su propio ritmo impredecible.
El cerebro humano no lo llega a captar. Y no le toca.
Al humano le toca solo ser experimento. Continuo. Impredecible.
Y el experimento se fija a sí mismo en compartimientos porque cree que así se va a reconocer. Pero el único reconocimiento es afuera, en el mundo, en las danzas. En entornos naturales de mar y bosque; en entornos urbanos de bondis y bares. En las danzas que hoy los seres humanos vamos cocreando.
¿Cómo llegamos a las danzas que hoy somos?
Fuimos llegando. Seguimos llegando. En el constante ensayarnos.
Pero hubo un momento en que nos creímos ajenxs a la danza. Empezó el olvido. El hambre nos hizo olvidar. El hambre nos hizo que sobrevivir se posicione por sobre vivir. Creemos fuertemente que todo nuestro diseño y diseñar es en torno a sobrevivir. Olvidamos que de fondo somos tripulantes del infinito. Que este instante de vida está de paso.
Las danzas que hoy somos, la mayor parte del tiempo, están compuestas de olvido.
Y, de tanto en tanto, recordamos.
No recordamos tanto solxs en la montaña -aunque a veces sí.
Recordamos mucho más en manada, creo yo. En los roces del afecto y del erotismo, cuando el cuerpo se suelta de lo atrapado hacia la dimensión de su espacialidad inabarcable.
Entre las danzas de olvido y las de recordar vamos caminando.
Pero si solo hay olvido
sufrimos
y queremos controlar
y nos vengamos ante lo diferente.
El recuerdo
de sabernos parte de la trama de lo vivo
es lo único que puede saciar nuestra sed
aunque también lo hayamos olvidado
-y seguir sin saciarla
pareciera tener solo un destino posible
cuya misma palabra (extinción)
me destruye.