Miedo. Miedo en cada fibra de mi cuerpo. Como una aspiradora que me succiona hacia el centro de mi propio abismo.
Ante el miedo, acción disociada funcional. Tejo incesantemente posibilidades de futuro donde algo es distinto a este hoy que tantísimo me asusta.
Pero en todos los escenarios sigo siendo este organismo que soy. Y el miedo que me compone es más antiguo incluso que yo mismo.
No depende del afuera, de tal o cual evento, de tal o cual conversación. Preveo números y charlas que aflojen lo incómodo. Pero no es lo incómodo el problema. Es el terror que me teje. Y en realidad, no hay problema tampoco ahí.
Pero aprendí a creer que hay un problema en este cuerpo vulnerable y roto, en esto que quiere descansar mientras naufraga en la tormenta de existir. Aprendí a creer que tengo que poder. Siempre. Y poder es armarme para conquistar mi propia supervivencia y la de lxs míxs: a veces la de mi familia, a veces la de mi especie.
Algo asoció alguna vez amor a poder. Amar es poder estar disponible para quien amo, amar es poder darme plenamente a quien amo, amar es poder evitarle el sufrimiento a quienes amo. Metáforas del amor que solo lo condenan. Pero que están.
¿Por qué algo intenta tanto negar el miedo, lo vulnerable, lo roto?
¿Será tu mirada la que me lleva a intentar cerrar las compuertas de mí mismo?
El miedo del miedo: que me veas asustadx, chiquito, frágil. Que me veas siendo todo este intento que soy, tan lleno de torpezas.
El miedo del miedo: salirme de mí para compartirnos también en esta danza que no es pura belleza extática sino un chapoteo de mierda en cuerpos porosos que se desarman ante su propia posibilidad.
Le hago espacio al temor. Lloro. Ah. No sé si es tan terrible: soy este coso asustado. No. No se siente tan terrible. Me habito. Un rato largo. ¿Por qué intento tanto escaparme de acá?
Escaparme de mí. Habitarme temiendo me cambia la perspectiva del afuera. Los detonadores pierden algo de su dominación total sobre mí. Son una mierda, sí. Pero no son la causa última. El miedo es más antiguo. Tal vez tan antiguo como la especie.
Soy una célula del temor hecho carne.
Soy también la mirada capaz de alojarlo.
El afuera incómodo me pide que primero registre las respuestas automáticas de este organismo.
Solo entonces puede brotar alguna danza que no sea la coreografía que el terror viene escribiendo en lo humano hace tantísimo tiempo. Solo entonces el cuerpo blando puede vislumbrar la necesidad de crear realmente otra fuente. Más misteriosa. Una que solo se puede crear creando, torpemente, diseñando junto al misterio mientras se va construyendo.
No la búsqueda de un diseño definitivo para la plenitud, sino la plenitud de ir moldeando con el barro de lo real el momento que hoy la vida requiere en esta célula de cosmos que soy.
Y si hoy la materia prima es el temor
¿qué otra me queda que entregarme a explorarlo con toda la pasión que me compone?
—–
De esto y varias cosas más estaré hablando y ofreciendo en la próxima clase gratuita, volver al cuerpo, el jueves 5 de febrero online. Sumate haciendo clic acá.