“Yo los guío. Los traje aquí.”
le dice Odiseo a Atenea, con la pesada carga de sentirse responsable de las muertes de su tripulación, de su ejército, luego de que hayan comido del ganado de Apolo contra sus indicaciones.

“¿Y a ti quién te guió?” le responde ella. “¿Eres más que un dios?”

El modo en que nos autocastigamos suele tener esta textura. Especialmente cuando ocupamos lugares de responsabilidad y de poder. Como puede ser el lugar del terapeuta o del facilitadorx de Tantra, del docente e inclusive el del “jefe”.

Lo vivimos como si absolutamente todo lo que le sucede al resto dependiera de nosotrxs, asumiendo la total responsabilidad por le otrx.

Entonces, la única forma que encontramos de alivianar la carga, es que la culpa sea de alguien más: del otrx, tal vez. O de algún diosx, si no, o el maldito azar.

El tema es que la lógica es la misma: es una lógica de culpas.

Hay un peso invisible que nos hace bosta cuando somos quienes timoneamos el barco de las decisiones y de los encuadres, de los límites y de las intenciones. Por suerte no cargamos muertes físicas al facilitar, pero sí otro tipo de intensidades que muchas veces recaen sobre nosotrxs. Y de las cuales nosotrxs mismxs nos hacemos cargo.

Castigándonos con todo el poder del tirano.

Me veo totalmente en esta dinámica. Torturándome por eventos que “escaparon a mi control”, por experiencias incómodas que nos tocó compartir mientras yo facilitaba. Y no una sola vez. Facilitar Tantra es realmente riesgoso. Investigar las profundidades de nuestra humanidad, esas áreas tan llenas de tabú y de represión, donde moran tantos demonios…

Pero, ¿será que nos podemos hacer otra pregunta?

Déjenme intentarlo.
Esta dualidad de culpabilidad y mechupaunhuevismo la tenemos muy a mano.

Permanecer en la tensión de la responsabilidad, mucho menos.

Porque la responsabilidad, desde mi perspectiva, parte de la base de la cocreación.

¿A qué me refiero?
A asumir que todo evento es un evento cocreado por todas las partes involucradas en él.
Es cierto: no todas con la misma carga de responsabilidad sobre el todo. Pero todas con la responsabilidad sobre su propia experiencia.

Odiseo le dijo a su tripulación que si comían el ganado de Apolo se pudría todo.
Después de varios días, ellos decidieron comerlo igual. Él se culpa por haberlos llevado a la isla. Pero la advertencia estuvo. El borde de cuidado estuvo. Luego fue su decisión, su propia responsabilidad comer el ganado.

La isla: el taller de Tantra.
La advertencia: en el Tantra ofrecemos un espacio sumamente cuidado, porque el riesgo de encontrarnos en nuestras realidades humanas de fragilidades y potencias e incertidumbres es alto.

Podemos guiar el barco.
Pero la experiencia es siempre cocreada.

Es justo ahí donde danzan la culpa y el mechupahuevismo: en la responsabilidad como agentes activos de la cocreación. Quien facilita, sí, con mayor carga de responsabilidad. Pero no única, no no.

Empezar tal vez a tejer un camino
donde abrazar con mayor amabilidad nuestros aprendizajes
que se dan siempre en el umbral del “fracaso”, del “error”
cuando trastabillan los intentos
y la potencia de lo real nos devuelve de lleno a nuestra propia vulnerabilidad-autenticidad.

Y más aún cuando estos “fracasos” afectan al resto. ¿Pueden acaso no hacerlo? ¿No es vivir el constante aprendizaje del afectar y ser afectades?

Ahí es donde tenemos que aprender a afinar la escucha.
Abrirnos a recibir y escuchar cada parte de la cocreación
descubriendo esas sabidurías en juego que exceden por completo nuestra propia direccionalidad.

No necesariamente duele menos. No necesariamente pesa menos. A mí al menos no me pasa.
Pero sí hay otra textura de rendición.

“¿Eres más que un dios?” pregunta Atenea. La respuesta es claramente no
mientras vamos aprendiendo a descubrir que el Misterio nos va tejiendo
ofreciendo posibilidades que a veces estamos lejos siquiera de poder imaginar.

Morir, así, cada tanto
en el umbral de los fracasos
para seguir aprendiendo a renacer.