Los cuerpos que ejercen poder hoy en día tienen bien claro que uno de los modos más eficaces de controlar a la población actual es mediante el proceso de desfuturización. Hacernos creer que no hay futuro posible. Entonces, lo único que nos queda es resignarnos a pequeñas dosis dopaminérgicas cotidianas, placeres pequeños e irrelevantes, mientras todo se cae a pedazos.
La desfuturización nos paraliza. Entonces, por el otro lado, la negación: modos de hipnotizarnos y disociar frente a la catástrofe. Yoga, meditación, scrolleo, escabio, nopor, comida en exceso… elija su propia aventura.
Pero por favor, no cerremos los futuros. Aunque asumir la catástrofe nos duela, nos asuste.
Necesitamos asumir que, efectivamente, si seguimos por el camino por el que venimos, nos estamos autocondenando a nuestra extinción como especie. Este camino traccionado por la díada miedo-poder: el miedo, que brota de nuestra más profunda sensación de fragilidad, y nos lleva a intentar dominarlo todo para preservar esta cosita tan vulnerable que somos.
De la mano de esto: colonización y patriarcado. Fuerzas que intentan la dominación sobre la otredad —humana y no humana.
En el medio, nuestra deriva singular, nuestro día a día, único campo de acción real en la inmensidad de las fuerzas del cosmos. La resignación requiere que creamos que ya no hay nada para hacer desde este lado. La omnipotencia, igual de funcional, que creemos ser creadorxs de la realidad y la zarlanga. Pero ni una ni otra: somos co-creadorxs. Desde nuestro pequeñísimo lugar, tenemos una agencia sobre el tejido que cocrea cada instante.
Y nuestro potencial creador se basa en aquello que somos capaces de imaginar. Ahí es donde entra en juego la desfuturización: nos niega la potencia de imaginar. ¿Qué futuros es capaz de imaginar un cuerpo tenso, presionado por elementos incontrolables que ponen continuamente en juego su supervivencia? Prácticamente ninguno, más que la eterna cadencia de días miserables, entre la bronca y la resignación.
Vulnerables y asustadxs, nos rigidizamos cada vez más, con pequeñas descargas que intentan regularnos —esos pequeños placeres, pero también la creciente violencia que hoy impregna a nuestra especie.
Volvamos al día a día: ¿qué nos mueve? Nos mueve el deseo. Pero, ¿qué deseo? El deseo se va construyendo momento a momento, a través de todas las fuerzas de nuestra historia individual y colectiva. Es imposible de ubicar y de reducir.
Lo que es claro es que nuestro desear está total y absolutamente atravesado por la cultura. Cultura guerrero-patriarcal-colonizadora. Si la respuesta al colapso es más de lo mismo, más intento de domesticar y dominar lo diferente, más anhelo de preservación a costa de la violencia que haga falta, más distracciones y placeres que van amansando los impulsos revolucionarios… y sí, mucho futuro no nos queda.
Descolonizar nuestro deseo se vuelve entonces absolutamente necesario.
Y la única forma de hacerlo es asumir el deseo colonizado que nos vive.
En cada relación, en cada movimiento, reconocer cómo la cultura desea a través nuestro, cómo la ciudad desea a través nuestro.
Los nuevos deseos posibles que vamos aprendiendo necesarios —deseos comunitarios, tejidos afectivos, ternura y juego, entre otros— no salen listos para ponerse en acto. Nacen más como una fricción con los deseos de poder heredados, esos que debemos por todos los medios asumir. Poder como dinero, como fama, como reconocimiento, como éxito (sea cual sea la medida de éxito que tengamos, ahí está hablando la cultura en nosotrxs).
Inflexión inevitable
El deseo de descolonizar el deseo, como una dominación y domesticación del deseo colonizado, es también un modo colonizante de relacionarnos con él.
¿Entonces?
Primero que nada, reconocerlo. Escucharlo con atención, sin pretender sacarlo de un empujón del camino.
Toca asumir la parte que nos encanta y calienta de ese desear.
Recién ahí, escuchar también el sufrimiento inevitable que este desear trae, los terrores que oculta, las soledades y presiones que constantemente engendra.
En este punto, entonces, puede empezar a dialogar. Dialogar con ese otro desear, el del cuerpo que se asume vulnerable, mamífero, partícula de una tierra viva que está pidiendo a gritos que la escuchemos —aunque sus gritos siempre tienen tiempo de susurros.
Desear más blandito y cercano, más de escucha y afectos.
En diálogo, que a veces se tensa y a veces esboza algún tipo de comprensión.
Porque somos hijxs de una cultura que desea poder y niega lo vulnerable. Y eso lo traemos en el cuerpo, nos guste o no. (Sí, asumo envidia hacia quienes han nacido en las experiencias que quedan al margen de este tejido que cada vez más todo lo puebla.)
Pero dialogo acá, en principio, con quienes, como yo, hemos nacido en el seno de la vida occidental, colonizados por sus deseos.
Solo al tomarlos, sintiéndolos a fondo, podemos empezar a soltar suavemente la identificación ciega con ese desear. Convirtiéndonos en cuerpos donde nuevos modos de desear comienzan a gestarse.