Rosalía se autoproclamab célibe voluntaria. Que basta de crushes y relaciones sin sentido. Que la materia nunca puede colmar un vacío que solo Dios puede llenar.
Pasa muchísimo. Que aquellxs que ya lo tienen todo, que se dan todos los placeres que quieren, de pronto se topan con este vacío. Ya lo decía Osho, que prefería trabajar con gente que tenga todo lo material resuelto y en abundancia, para darse cuenta de que eso no sirve para nada.
El tema es que me llama la atención como, de esta manera, se sigue separando la materia del espíritu, lo divino de lo mundano.
Placeres mundanos, pero desprovistos de toda sacralidad.
Y ese dios que sigue rechazando la carne. Y que además está solo afuera.
Por eso sigue siendo para mí tan importante traer a colación la perspectiva tántrica:
donde el cuerpo es lo sagrado, así, tan vulnerable y ambiguo, tan deseante y sexual.
Donde el aprendizaje relacional se da relacionándonos, muchas veces ignorantes y perdidxs.
Pero no le podemos escapar a este aprendizaje.
Estamos hechxs de carne y relaciones. Nada más, y nada menos.
Escaparle a este aprendizaje es replicar modos de relacionarnos que hace milenos nos vienen llevando a este mundo tan hostil en el que seguimos viviendo.
Sacralizar el cuerpo, y poner el tejido relacional en primer plano, sigue siendo fundamental.
Y sí, la sexualidad no puede quedar por fuera de esto.
Pero seguimos intentando hacerlo. Tal vez porque su energía es tan intensa.
Confesión de parte: anoche vi Crepúsculo. Pensaba en ese pulso de Edward, el protagonista, sediento de la sangre de su amada, deseando eso que puede matarla.
¿Y quién no vive parte de su deseo en esa tensión? En ese temor de su aspecto destructor…
Pero una vida sin deseo, sin asumirnos esta sed y estas ambivalencias que nos erizan de vulnerabilidad y de misterio… a mí me suena a muy vacío. Tan vacío como una vida sin encontrar lo divino.
Por eso sigo militando el Tantra: como territorio donde lo vulnerable y ambiguo de la carne danza con lo sagrado del misterio, en cada respiración, en cada caricia, en cada quiebre, en cada partida. En cada nacimiento. Y en cada muerte.
Porque creo que así podemos tejer los lazos para un mundo que recupere su encanto, en cada uno de nuestros cuerpos-corazones.
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