Anoche me arremetió la pregunta: ¿qué impulsa mi búsqueda, mi camino?
Voy a intentar responderme algo. Estoy seguro de que, antes que cualquier cosa, es un dolor. ¿O tal vez sea un miedo?
Me acuerdo con 13 años, llorando angustiadísimo porque no nos íbamos a quedar sin agua potable en menos de 50 años según lo que nuestro profesor de biología nos había dicho. Total y absolutamente desolado. Pensé en estudiar ingenería química para resolver el problema.
Pero después fui entendiendo que ese no era el problema.
Que el problema fundamental era (y sigue siendo para mí) cómo nos relacionamos. Con la tierra, con otras especies, con otras criaturas humanas. Como nos relacionamos desde la objetivización del mundo y de la otredad, desde un miedo que se vuelve violencia.
Volviendo a lo que me inquieta: ¿de dónde nace este impulso que nunca pudo parar de buscar?
Quizá primero fue un miedo.
Después, tal vez, un entusiasmo:
el de mundos que se abrían ante mí con la locura y la belleza de la adolescencia: mundos de meditaciones y drogas y chapes, y esos primeros roces sexuales que eran siempre iniciácitos; de música que era refugio y apertura; mundos de filosofía y poesía y teatro y cuestionamientos a lo arraigado, de plantas sagradas y retiros de Tantra y de Vipassana. Mundos extraños, que me resultaban mucho más familiares que los mundos que venía viviendo, siempre excluido, siempre sin entender cómo ser parte, siempre intentándolo y fallando.
Y entonces, también, de pronto, un dolor. Parecido al miedo de los 13, sí. Pero ahora más doliendo que temiendo. Doliendo el mundo que estas humanidades hemos podido cocrear hasta ahora; este mundo de violencias y avasallamientos, de tristezas calladas e iras reprimidas hasta la ciega explosión. Un dolor de vernos así, tan humanxs en un temor que se hizo ley de lxs más fuertes, que se hizo endurecerse para sobrevivir.
Un dolor muy fuerte que me sumió en depresiones desesperanzadoras muy profundas.
De las cuales me sacó, única y exclusivamente, el amor.
El amor… ese sea posiblemente mi movil hoy.
El amor hacia esta humanidad rota, hacia este intento. El amor incluso cuando el cuerpo se me cierra y siente asco hacia lo humano que vamos siendo. El amor como ese espacio profundo en el pecho, este mareo mientras escribo estas palabras que no sé hacia dónde van.
No un amor naif, no un amor de imágenes bonitas y ciegas.
El amor como la presión de la vida cuando se abre paso entre los surcos profundos del terror, del sinsentido, de un túnel que de tan largo ya se siente caverna.
El amor como un espacio, decía, como el espacio que vamos intentando donde recibirnos en toda esta humanidad, rota y fragmentada, hechizada y aterrorizada, fanática y endeble.
Entre el miedo y el entusiasmo, entre el dolor y el amor…
ahí está el impulso que me lleva a cada palabra, a cada danza, a cada encuentro.
Hecho de esta historia de organismo humano en el rincón de mundo que cada día descubro -que cada día me descubre.
Y allá el fondo, desde que tengo memoria,
una intuición:
la de que hay una geometría silenciosa que guía nuestros pasos en el Misterio,
un intento que cada quien aloja en sus entrañas, en su pecho, en sus silencios,
uno que traemos desde la eternidad, lo más propio y más ajeno que tenemos.
Uno que a veces cae en delirios de grandilocuencia.
Y que a veces es mucho más chiquito de lo que suponemos:
una caricia, un gesto, una mirada;
una semilla que germinó, una planita que regamos, un gatito que cuidamos, un hije que criamos…
a veces es enorme, por un ratito, pero siempre es en realidad chiquito en la eternidad del Misterio…
y así, casi ínfimo, este intento es todo lo que tenemos, todo lo que somos cuando alguito de la cáscara social cede su lugar a la fragilidad vital de nuestro más íntimo devenir -ese que es, a la vez, total y absolutamente inevitable, presente en cada mínimo impulso que constituye nuestro día a día. Ese que siempre, nos demos cuenta o no, estamos viviendo.
Un intento hecho de miedo y de entusiasmo,
de dolor y de amor,
de reacciones y tironeos interiores y exteriores,
de resistencias y camuflajes y expresión desnuda.
Este intento, gema incandescente y frágil,
silenciosa y sinuosa,
es todo lo que somos.