Nos obsesionamos con los “registros akáshicos” y deidades y extraterrestres,
cualquier respuesta que venga del más allá
mientras la tierra nos está mostrando el camino todo el tiempo
si aprendemos a escuchar.
El pequeño jardín de mi casa es el único oráculo que necesito.
¿Y si en vez de registros akáshicos empezamos a hablar de registros terráqueos?
(hace mucho que vengo usando ese término conmigo, como un guiño o un juego. Qué extraño hacerlo público)
Hace unos días hice un asado en el jardín de casa
y algunas brasas cayeron en la tierra
quemando una porción de pasto.
Esta mañana la veo,
y veo en ella la herida de la Tierra
que nuestra torpeza viene generando.
Y veo al mismo tiempo
la ausencia de error.
Toda herida, a su manera, tarde o temprano va a regenerarse
en su proceso de muerte-vida.
Duele, sí,
mientras va encontrando su camino único de sanación
siempre novedoso, diferente de cualquier otro camino
(por eso no sirve ninguna de esas recetas que nos venden como la forma definitiva de sanar).
La hierba se regenera
en la escucha silenciosa de la tierra.
Toda herida se regenera
únicamente en el cobijo de una escucha abierta.
Como dice Ursula K Le Guin:
“Mis palabras no son nada. Escucha a las hojas.”
A veces siento que realmente no hay otra enseñanza:
aprender a escuchar.
Eso es todo lo que hacemos en el Tantra.
Aprender a escuchar la danza de la cual participamos
para aprender a danzarla
y a dejarnos danzar.
Un aprendizaje que nunca jamás se acaba
porque la danza sigue y sigue.
A ver, lo digo de otra forma:
podemos ir en contra de la vida
o a favor.
Casi siempre vamos en contra por miedo.
El Tantra es aprender a escuchar
para ir a favor.
Y cuando empezamos a ir a favor
no todo es primavera
pero todo va siendo cada vez más dulce rendición
a la estación que toca.
De eso se trata el Tantra:
estaciones de mi propia existencia,
estaciones de una relación,
estaciones de un proyecto…
y el humanito que somos aprendiendo a habitar cada parte.
Si te interesa este camino
te esperamos en la Escuela.