Por qué Tantra
es una pregunta que me hago seguido.
Varias veces intenté huirle
y acá termino siempre de vuelta, metido hasta las manos.
Así que quiero contarles hoy dos cosas:
cómo llegué al Tantra
y cómo nunca más me pude ir.
Primero que nada, mi llegada tuvo 2 momentos muy diferentes:
la primera a los 17 años, de la mano de la total y absoluta curiosidad.
Éramos un grupo de pibis, locxs de amor y sedientos de sabidurías.
Una gran parte estábamos llegando a la carrera de filo,
otrxs iban cuestionando el sistema desde otros lugares
pero todxs sospechábamos que algo no andaba bien
y necesitábamos otras formas.
Entre esas cosas, estaba la sexualidad.
A mí en particular me inquietaba una pregunta:
cómo puede ser que la sexualidad mueva todo.
Esa era mi sensación: que todo giraba, a fin de cuenta, alrededor de la sexualidad.
Y necesitaba respuestas.
Entonces, con personas de este grupito, compramos libros de Tantra
y empezamos a explorar
así, jovial y alocadamente.
Eso derivó en ir a un retiro de Tantra Yoga, de Ananda Marga.
Ahí me iniciaron.
En una cabañita perdida en Traslasierra
con un gurú venido de la India (Ramacharya)
me iniciaron
sentí que el alma se me salía del cuerpo
y podía viajar a través de otros cuerpos
fue bien flahero
y recibí mi nombre tántrico, que rara vez uso, y casi nadie sabe:
Mantresha.
Pero esto es solo la primera llegada.
La segunda fue bien distinta.
Después de todo eso, me metí de lleno en el budismo.
Entré en flash monjecito vegano
y creí que mi objetivo en la vida era dejar de desear.
Y que la forma era apagarme.
Así que me fui apagando
hasta que todo perdió sentido
y caí en una depresión muy heavy.
Entonces un amigo, Tincho amor,
me llevo a su casa en Santa Fe
y fue la única persona que me dijo:
si necesitás, quedate en la cama, todo lo que necesites.
No te voy a obligar a salir.
Y cada tanto venía, se recostaba conmigo,
nos hacíamos unos mimos
y fue ahí que me dijo:
vos tenés un don para el contacto, chabón!
Y mi cerebro linkeó, por alguna razón:
Contacto=Tantra.
Contacté a una persona que había dado Tantra en un retiro de ayurveda al cual había ido, le pregunté si formaba gente.
Me dijo que no.
Pero que venía de tomar ayahuasca en Ecuador, y que yo me le había aparecido en una visión. Así que podía ser una señal.
Y entonces fue un sí.
Mi primera práctica fue golpear un almohadón. Muchos días seguidos, golpeando.
Y fue así que el espíritu me volvió al cuerpo, que la vida volvió a tener sentido.
Durante varios años me quedé con ese maestro, en largos períodos de convivencia y aprendizaje. Y aprendí un montón, principalmente, que nada es bueno y malo per sé, me salí de los lugares morales que me habitaban… y si algo aprendí, fue la irreverencia, que todavía me acompaña.
Pero eso no fue todo, eso fue solo el principio.
Después vino aprender, ante todo, la escucha. La inteligencia vincular.
De eso se encargaron otrxs maestrxs
y otras relaciones.
Muchas veces quise dejar el Tantra
pero cada vez me fue imposible.
Algo me requería, mucho más grande que yo,
compartiendo este arte de la no-dualidad,
este territorio donde todo es sagrado
-aunque no todo da lo mismo-
este aprendizaje de ser-en-relación
y de ser relación,
este camino sin camino
de corazones vibrantes y salvajes.
Se unieron en mí:
el filósofo, cuestionador de lo dado;
el artista, gustoso de las danzas del Misterio,
y el mero humano, dulce y torpe
en un profundo amor, justamente
hacia lo humano, en mí y en todes.
Por eso Tantra:
porque es el único camino que todo el tiempo me sabe a auténtico,
que no tuerce el rumbo (porque no hay rumbo fijo)
que siempre y ante todo
me recuerda aprendiz, eterno aprendiz
de cada danza que lo vivo me propone.
Por eso acá sigo, compartiéndome Tantra
año tras año
forma tras forma
muerte tras muerte
vida tras vida.
Y con la emoción de cada año
tejer nuevas tramas
donde seguir aprendiendo
en nuestra Formación en Alquimia Tántrica.