El sábado pasado fuimos con Clarú a un evento muy precioso que organizaron acá lxs vecinxs de Vicente Lopez por el día de la memoria. Y honestamente me sorprendió lo profundamente conmovido que estuve. Todo el tiempo con lágrimas en los ojos.
Primero por encontrar un libro de poesía palestina (que me llevé por 6 lucas). Lo pagué llorando a moco tendido después de leer el primer poema (que ya compartiré por acá).
Y después, todo.. me conmovía realmente todo. Y estar compartiendo esto con Clarú, poder ya contarle cosas de nuestra historia, de nuestras oscuridades, de nuestras luminosidades…
Y hubo un momento muy zarpado. Viendo unas fotos de aquellos tiempos. Primero, viendo la foto de un pibe de 20 años, desaparecido. Estudiante de Puan. Tan yo podría haber sido. Tan yo… Y ese ahogo en el pecho de saber que, en algún nivel, lo fui. Y la tremenda gratitud de haber crecido en tiempos donde tuve lugar para expresar y poner en juego mi locura cuestionadora de lo dado, sin haber terminado en ese espacio rarísimo que llamamos “desaparecido”, que no sé ni cómo describir.
Pero hubo otro momento, uno mucho más extraño al menos. Incómodo. Perturbador tal vez. Viendo dos fotos donde aparecía Videla. Una en una escuela con niñxs. Otra con su junta. Y ver que detrás de todos los mitos acerca del Dictador… también ahí hubo un cuerpo. Una criatura humana.
Veo que no es muy fácil deshumanizar a lxs tiranxs, a lxs genocidas. No, ese no puede ser humano, como vos y como yo. Pero, ¿sabés cuál es el tema? Que sí lo es. Que nuestra humanidad también incluye esa posibilidad. Conviven la potencialidad de la ternura y del afecto, con la de la más horrible crueldad.
Al ver la foto, no hay dudas. Fue un ser humano.
Y eso es mucho más perturbador que creer que no, que ese tirano hijo de yuta no tiene nada que ver con vos y conmigo. Porque si también fue un humano, como lxs genocidas de nuestros tiempos… significa que hay algo que tenemos en común. Nuestra humanidad. Y que la potencialidad de toda esa crueldad también nos vive.
Entonces ya no es algo distante, a juzgar afuera.
Es una posibilidad con la que diariamente tenemos que convivir en lo más profundo de nuestros corazones.
Y ahí tenemos cientos de pelis donde la luz lucha contra la oscuridad: Harry Potter, La guerra de las galaxias, el Señor de los anillos… siempre la misma peli.
Pero Ursula K Le Guin en un mago en Terramar le da un giro inesperado: el enemigo es una sombra que el mismo protagonista libera.
Y la única forma de vencerla es descubrir su verdadero nombre.
Y, ¿saben cuál es?
El mismo que el del protagonista.
En ese momento, en que la puede nombrar, se abrazan.
Nos encantaría que esa lucha sea afuera. Que sea exterminar la sombra.
Pero tal vez nunca se trató de una batalla.
Tal vez siempre fue una danza.
Cuyo único desenlace creativo es el abrazo. La integración.
Tal vez ser humanxs sea siempre una danza de ternuras y crueldades, de amores y desprecios, de aperturas y cerrazones.
Si así fuera, es cada día que tenemos que comprometernos con esa ternura.
Y no hay mayor compromiso que poder mirar a los ojos a la crueldad que también nos vive.
Hacerla carne. Darle espacio en nuestro corazón.
No somos intachables.
Alojamos tiranías.
Tanto como caricias.
Es desde acá
desde el centro de un corazón conmovido,
desde la micropolítica diaria de asumir lo tirano tanto como lo dulce
que digo:
NUNCA MÁS.
Con la extrañeza de decirlo mientras está volviendo a suceder, frente a nuestros ojos.
Estamos en una temporada oscura.
Pero creo que el único nunca más se da en reconocer cada vez que nada de lo humano nos es ajeno.
Y que la tarea al final es la de crear un mundo donde puedan convivir todos los mundos que nos componen.
Gracias a quienes comparten conmigo cada día esta tarea.
Ojalá seamos masa crítica.
Ojalá el abrazo suene más fuerte que la explosión.
Ojalá todxs tengamos posibilidad para el amor.