Me quedé flasheado de la conversación ayer con N. Cómo esas dos experiencias que para mí son profundamente gozosas y reguladoras —masajes y sexo— para ella son más complejas, incómodas. Ante todo me sorprende con el masaje. El sexo entiendo más. Pero claro, van de la mano. Y el masaje te ubica inmediatamente en una posición receptiva. De “ceder” el control. El poder, también. Eso para muchos cuerpos es un montonazo.
A veces peco de ingenuo en estas cosas. Y es que sí, mis acercamientos a la sexualidad los recuerdo muy pero muy hermosos, llenos de juego, inocencia, curiosidad… y placer.
¿Y si eso es parte de lo que puedo aportar?
Solo que hoy también sé escuchar.
Escuchar esa herida que cargamos como especie, encarnada en cada uno de los cuerpos abusados, que son un montón. La mayoría de los cuerpos de mujer. Muchos también de varón. La carne afecta por esta herencia de una sexualidad rota.
¿Qué trampas nos llevaron a vivir así nuestra sexualidad? Qué miedos…
Romanos en orgías que objetivizan el cuerpo femenino y sacerdotes judeocristianos que confinan el sexo al matrimonio y la mujer a la sumisión y la obediencia: dos caras de la misma moneda. La misma moneda: el patriarcado. Varones que ningunean y someten a las mujeres. Apenas una costilla, la pecadora original, la serpiente. Apenas belleza al servicio del deseo y poder del varón. Esta es la base y no se borra de un plumazo de pensamiento.
¿Es la base?
Una de las. No la única. Nos lo revelan todas aquellas culturas que repartían distinto la torta. Pueblos-matriz de contacto profundo. De otras danzas, de otras diosas. Tantra…
No es negar 5000 años de opresión patriarcal: es recordar que somos capaces también de algo diferente. Pero partiendo de la base que el patriarcado dejó agrietada en nuestros cuerpos.
¿Y cómo? ¿Cómo acompañar a este tejido sufriente a recuperar su poder de belleza, su pulso de goce, su fuerza de fragilidad?
Ya sabemos que confío profundamente en el acercamiento amable de potencia. No resignarnos a una carne seca y triste. Apoyo de escucha presente que invita al tejido, sin forzarlo. Porque la vida desencarnada no es vida, es automatización fría de máquina gris, productiva y consumidora, aislada y ausente.
Nos merecemos cuerpo habitado. Atravesando los desiertos del terror. Al ritmo que cada quien vaya pudiendo. Y sabiendo que, por mucho que el patriarcado nos haya confundido, no es un camino que se emprenda en soledad. Toca hacerlo juntes. En esa mirada que nos ofrece amabilidad, en ese cuerpo que nos recibe en escucha atenta y dulce, en ese contacto que no espera nada, que solo está ahí, acompañando el paso posible de cada momento.
Sin apuro. Deteniéndose a veces a recobrar energía. Pero sabiendo que el horizonte está ahí, listo para ser creado por esos recuerdos de amor que conviven con la herida en nuestra piel. Amor: abrazomuerte que honra cada una de nuestras diferencias en el gesto vital de la cercanía. Cercanía conjugada en incertidumbre.
Al final es ir recuperando de a poquito esa confianza. Merecida y necesaria. Volver de a poquito a respirar. Y descubrir recovecos relacionales donde todavía puede aflorar la rendición. Sin forzarla, sin esperarla siquiera. Surgiendo casi sin darnos cuenta, de tanto en tanto, en el espacio abundante y firme del amor.