La intimidad tal como la conocemos hoy es una construcción moderna, producto del surgimiento de la burguesía y la separación entre lo público y lo privado. 

Mientras que en el pasado lo íntimo venía dado por la estructura social, hoy tenemos un horizonte muy distinto: construimos intimidad deliberadamente con quellxs a quienes elegimos.

Eso implica un gesto de apertura vulnerable, una exposición consciente que antes no existía de esta manera.

Acercarnos, entre cuerpos y libertades diferentes. Acá aparece el riesgo: el encuentro con la alteridad en su singularidad total. 

Como señala Dussel, esa proximidad es siempre un encuentro con alguien cuya respuesta desconocemos, cuya libertad no controlamos. No sabemos si recibiremos un gesto amoroso o un rechazo. Esa indeterminación es lo que seduce y lo que aterroriza.

La clave está en distinguir entre dos formas de proximidad: aquella que busca dominar, apropiar, conquistar al otro como objeto, y aquella que lo reconoce en su libertad. 

La primera es la lógica del sometimiento, del control sofisticado disfrazado de intimidad.
La segunda es la apertura ética genuina.

El trabajo real no consiste en eliminar los impulsos de dominio –que están ahí, enraizados en nuestras estructuras- sino en verlos, investigarlos corporalmente, darnos cuenta. 

Solo desde esa conciencia, desde ese reconocimiento honesto de lo que opera en cada quien, es posible que empecemos a coconstruir una cercanía real.

Esto es lo que hacemos en Trama Tántrica.